(Ecuador) LA PAZ IMPORTA, Y MUCHO

 Los sucesos acaecidos en la frontera colombo ecuatoriana y que son de dominio público, en primer término, avivan un profundo sentimiento de respeto y solidaridad con las familias de las víctimas; tanto con las que tienen un gremio y una institución detrás quien las recuerde, como también con las invisibles, las que miran el rostro de sus seres queridos en la lista de “los más buscados”.

La paz es eso, un esfuerzo valiente por humanizar a la humanidad. La paz es con todos (as), no solo con los más afines.

Sólo un despistado puede comer el cuento que posterior a la muerte de alias “Guacho”, finaliza este clima de agitación. En lo más mínimo. Es muy probable que su “reemplazo” ya se encuentre entre nosotros; más violento, más desalmado; con toda su venganza a cuestas. Es muy probable que una estrategia de miedo en la población, ya no se contente con el bullicio de unos escolares, o el carnaval de una explosión controlada…

No hace falta ser demasiado perspicaz para inferir que todo obedece a un libreto; borroneado hace mucho tiempo y en lengua extranjera.

Seamos honestos con nosotros mismos. Previo los fatídicos sucesos, a nadie le importaba un ápice la zona en cuestión. Allí habitan pobres, y los pobres son un fastidio más con el cual lidiar.

Seamos honestos con nosotros mismos. Más de uno conocía las estrafalarias narco novelas; transmitidas preferentemente por Ecuavisa y Teleamazonas (algunas en horario estelar), pero ninguno ha denunciado como sus grotescos capítulos, deforman la tragedia de las hermanas Colombia y México. Allá también hay familias huérfanas. Allá también el discurso de las armas, estatales e irregulares, pudo más.

Más que cómico, resulta vergonzante y triste, como ciudadanos de a pie, servidores públicos, autoridades, ministros, asambleístas, incluso el mismísimo primer mandatario, sin rubor alguno, invocan a los ángeles de la muerte y los demonios de la destrucción. La imagen de una fila de tanquetas dirigiéndose a frontera, es tan lúgubre como la de soldados peinando la zona, y tan fuera de lugar como la de un primer mandatario dando plazos y tiempos.

Todas resucitan el patrioterismo más barato y enarbolan el discurso de la paz. El primero, su frivolidad exime gastar tinta para su análisis. El segundo importa, y mucho; pues no debería ser atrapado en el exotismo de la primera plana, la levedad de una imagen en vivo, o el ir y venir de párrafos en el teleprónter del “Presidente informa”. La paz es uno de los esfuerzos más serios que debería tener no sólo un país, la especie toda.

De allí que una serie de reflexiones son necesarias hoy por hoy. ¿De qué paz hablábamos en la zona en cuestión previo los fatídicos sucesos?, ¿el Estado ecuatoriano puede dar fe, sin mentir, que hizo presencia efectiva en dicho lugar? Mejor aún, los jubilados(as) maltratados por doquier, los migrantes(as) que retornaron para nada, los pobres que hacemos mil inventos para sobrevivir, las mujeres vilipendiadas por defender el derecho sobre su cuerpo, los mendigos(as) de las calles, los nadie, los trabajadores(as) autónomos tratados como cuasi delincuentes, los campesinos que venden sus productos por una miseria, los pueblos y nacionalidades “integrados” sí o sí en el mundo blanco mestizo, entre otros estratos de la sociedad… podemos decir que vivíamos en un “país de paz”.

Seamos honestos con nosotros mismos. Vivíamos en violencia. Que no la queramos ver, que la disimulemos bajo la alfombra, es otra cosa.

A menos que, cuando hacemos alusión a ese tipo de paz, propia de los cementerios, donde no pasa nada, en realidad – por ignorancia o por cinismo – estemos “imbuidos” del espíritu corporativo de los poderes económico, religioso, político, y fáctico. En esa paz, todo luce aseado, ordenado, moderno. En esa paz, no hay pobres, hay indicadores. En esa paz, la delincuencia organizada se irrita ante la competencia de unos alzados en armas; obvio, robar el erario público, es tan despreciable como el dinero fácil del narcotráfico.

Al traficante de armas, al Comando Sur, la banca ecuatoriana, los gobernantes de turno, les viene como anillo al dedo “Guacho”; partiendo de la premisa que no lo conocían anteriormente (¿?); pues, pueden seguir usufructuando de “su” paz.

La recordada frase del compañero presidente Salvador Allende “ser joven y no ser revolucionario, es una contradicción hasta biológica”, puede volver a ser escrita: hablar de la paz sin mediar el compromiso de extinguir la pobreza, es un discurso inútil.

¿Cuál es el compromiso que el Estado ecuatoriano asume con las familias de las víctimas (las unas y las otras)? ¿Cuál futuro aguarda a las compatriotas en frontera? ¿Cuál es la política del gobierno ecuatoriano de aquí en más, seguir lanzando pirotecnia: el diálogo nacional, la consulta popular, la mesa no-servida; parlotear demagogia pura: el “plan toda una vida”, la “misión ternura”? ¿Seguir los designios del oráculo del FBI? ¿Cómo en Guayaquil, desfilar todos de la mano? ¿Dar un portazo al camino de la paz en la hermana Colombia?

Por decir lo menos, resulta incomprensible, la decisión del primer mandatario ecuatoriano de no continuar nuestro país (no él) como garante de los diálogos de paz entre el gobierno colombiano y el ELN. Más que facilitar las condiciones logísticas de dicho proceso, Ecuador estaba ante un momento histórico: contribuir al cese de hostilidades que tanto desangra a nuestro vecino.

Hoy, por el contrario, esa imagen internacional de respeto hacia nuestro país, tan bien lograda a partir del año 2007, se difumina en los mensajes de texto de un grupo delincuencial, en las lanchas rápidas de los carteles, en el cinismo de quienes – sin importar bandera ni ideología – convierten la venta de armas y/o el tráfico de estupefacientes en lucrativo negocio.

Mejor aún, esa oportunidad de construirnos una dignidad y una soberanía, frente al desparpajo de los Febres Cordero, Sixto, Mahuad, Lucio, Abdalá, y demás fauna doméstica; hoy se encuentra seriamente amenazada. Por una parte, los cantos de sirena de los acuerdos comerciales y militares con el mandamás del norte; y, por otra, el sostenido protagonismo que va adquiriendo la derecha neoliberal.

Y, en todo esto, las Organizaciones Sociales… ¿qué?… Decimos algo. Callamos por complicidad. Miramos a cuánto nos toca.

 

Si algo nos ha enseñado la historia es que nuestros pueblos son combativos, rebeldes, necios. Este pasaje de la historia servirá para nuevos aprendizajes, proseguiremos nuestro andar en pos del noble ideal que nos arrebata el sueño: la Libertad, la Paz.

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